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Marcas

Esto se complementa jugando un papel activo en la práctica de conducción del aprendiz, que puede ser elaborando un programa firme de supervisión de por lo menos seis meses, en el cual se incluyan variedad de condiciones de manejo en situaciones de mal tiempo, tráfico pesado y en la oscuridad de la noche -muchos de los siniestros con adolescentes ocurren entre las 9 y las 12 de la noche- entre otras, de manera que el novato adquiera experiencia y desarrolle confianza poco a poco. Los hijos se sentirán más cómodos conduciendo después, si han tenido antes, durante la marcha, a alguien a su lado preparándolos.
Es vital tener con ellos una conversación directa sobre las consecuencias de manejar bajo la influencia del alcohol o las drogas. Aunque los jóvenes son propensos por naturaleza a experimentar y buscar sensaciones nuevas, también descubren a través de su propia experiencia o de la de los demás que conducir ebrios o drogados es sin duda peligroso e ilegal. Un diálogo claro y certero con los adultos de la familia sobre los efectos químicos en sus percepciones y en los tiempos de reacción, incluso después de un solo trago, será un gran refuerzo.
Todos sabemos que los conductores adolescentes son felices llevando a sus amigos, algo que deben aprender a hacer con especial cuidado y supervisión, pues cuando se transportan más pasajeros de lo debido aumentan los riesgos, no sólo porque se compromete el desempeño del vehículo, sino porque los mismos ocupantes representan una distracción y una presión adicional que puede influenciar el comportamiento del nuevo chofer.
Para evitar las malas costumbres, hay que enseñarle a los jóvenes que si quiere usar un teléfono celular, deben emplear un sistema ¿manos libres¿, o de lo contrario, detener el auto a un lado de la vía en el momento de contestar o hacer una llamada.
Más allá de eso, es importante que entiendan que mientras van a bordo de un vehículo, el uso del teléfono debe ser muy breve y restringido a situaciones urgentes o de emergencia.
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