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La versión Sport del Freelander es la novedad que Land Rover ha introducido en la gama 2004 de este modelo, con una significativa renovación estética
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Decir de un todoterreno ligero como el Freelander que su mejor comportamiento se produce sobre asfalto puede resultar una aseveración que sorprende, sobre todo conocidas las excelentes cualidades del pequeño Land Rover en sus aventuras fuera del asfalto, pero ello responde a una constatación.
El Freelander Sport es la novedad que Land Rover ha introducido en la gama 2004 de este modelo, que ha sufrido una significativa renovación estética que lo aproxima a su superior Range Rover, de forma que se ofrece como alternativa para un uso mayoritario en carretera. Ya se verá por qué.
De momento, la nueva estética del Freelander, sin renunciar a las líneas tradicionales del modelo, resulta ahora mucho más atractiva y, a la vez, agresiva. Los grupos de luces delanteras han sido diseñadas de forma muy parecida a las del Range, y la parrilla frontal es de nuevo cuño, en tanto las traseras tiene una nueva distribución.
En el interior hay reformas profundas. El tablero de instrumentos y salpicaderos ha sufrido una profunda reforma que incluye colores y texturas que en algunas zonas no presentan muy buen aspecto. El resultado es mucho más atractivo ahora y ello se une a la excelente visibilidad y luminosidad interior.
En el terreno mecánico, en el que se dan las limitaciones al uso en tierra, hay un esquema de suspensiones endurecido un 30 por ciento, excelente para rodar sobre asfalto y no tan bueno para excursiones fuera.
Las llantas, de 18 pulgadas, combinadas con unos neumáticos de bajo perfil y ancha banda de rodadura para asfalto son el punto álgido de las limitaciones de este Freelander.
Las suspensiones y la arquitectura y medida de los neumáticos rebajan considerablemente las cotas todoterreno, de forma que la altura al suelo es de poco más de 16 centímetros, casi la de un turismo, y los ángulos de entrada y salida, también mermados limitan la superación e obstáculos.
Con unos neumáticos de asfalto como los del Freelander, que además hacen pesado el manejo de la dirección del coche, hay que tener buenas ganas de meterse en líos fuera del asfalto.
La versión Sport probada, únicamente con dos posibilidades de motor, diesel o gasolina, está equipada con el agradable V6 de 170 caballos de potencia, con consumo algo elevado.
El motor, que tira bien de la más de tonelada y media de peso del coche, exhibe un trance malo, el de las recuperaciones, en las que es claramente perezoso, sin solución, a no ser que el motor sea subido de potencia. Las velocidades de crucero son discretas.
La evolución dinámica del Freelander Sport mantiene las esencias del modelo. La nueva suspensión y los neumáticos mejoran sobre el resto la manera de andar en carretera.
Ahora está mejor asentado y es capaz de entrar en curva como un turismo, siempre teniendo cuidado con el morro, que tiene tendencia natural a desobedecer las órdenes del conductor.
La configuración para asfalto está más ajustada así a la mayoría de los usuarios de este tipo de vehículos, ya que un porcentaje mínimo de compradores se atreve con la conducción fuera de asfalto.
Para quienes se atrevan fuera del asfalto con esta preparación, disponen del sistema de descenso de cuestas, usado ya por otras marcas, que resulta ser especialmente eficiente en ausencia de la hasta hora imprescindible caja reductora para bajar pendientes con garantías de seguridad.